lunes, 26 de octubre de 2020

AXEL

 

Dejo a Liene holgazaneando en mi cama mientras bajo a la cocina para preparar el desayuno. A veces me preocupa que ponga tanto amor y cariño con esos niños, sé que es su trabajo, pero a veces tengo miedo de que todo eso le provoque que vuelvan las pesadillas que hacía meses que no padecía. Pesadillas en las que gritaba desgarradoramente y de las que me costó mucho tiempo saber los motivos de su procedencia. El día que ella se vio prepara para al fin hablarme de ello, no pude admirarla más. Liene ha pasado por mucho desde que no era más que una cría y ver la mujer en la que se ha convertido a pesar de todo me emociona y a la vez me aterra.

Nunca hemos hablado de sentimientos, de lo que hay entre nosotros, sé que si por ella fuese hubiésemos tenido esa conversación hacía mucho tiempo, pero yo siempre consigo esquivarla. No sé lo que siento, ni si siento algo, solo sé que Liene me ha salvado. Cuando la conocí me encontraba en uno de mis peores momentos y ella, como hace con los niños del centro, me acogió entre sus brazos a pesar de ser un capullo con ella. Con el tiempo mi reticencia a estar con ella fue desapareciendo y empecé a ser yo el que la buscaba en todas partes, el que iba a ver a los niños porque sabía que si cogía cariño a Liene aquellos críos iban en el paquete y no me importó. No me importó cenar todos los viernes en aquella casa ni contestar preguntas interminables sobre la NASCAR, tampoco tener que limpiar mocos, dar de comer, recoger juguetes, cuando los niños estaban revoltosos y Laura, Tom y Liene necesitaban una mano.

Mientras espero a que la máquina de café termine de preparar el mío, caliento la leche con cacao de Liene en el microondas. A veces no dudo en que, a pesar de tener veinticuatro años, Liene sigue teniendo aquella alma aniñada que la mayoría de los adultos perdemos. Sin embargo, al suya sigue ahí y es por eso por lo que quizá en su día no pude apartar mis ojos de ella. 

El sonido de mi teléfono me saca de mis pensamientos haciendo que tenga que buscarlo, la chica que tengo arriba tiene la fea costumbre de desordenarlo todo cuando llega a mi casa. sé que no es algo que haga a posta, lo he comprobado, sino que ella es así, desordenada, tope, olvidadiza. Pero cada cualidad que la define la hace ser ella, ser única.

Encuentro mi teléfono debajo de un montón de catálogos de decoración, Liene está obsesionada con esas revistas y siempre que sacan una nueva la compra y no sé cómo siempre acaba en mi casa. Veo que el nombre de la persona que me llama y un escalofrío me recorre por dentro, Adam. Él es mi mejora migo desde que no éramos más que unos adolescentes con las hormonas alteradas, han pasado dos años desde la última vez que le vi, desde que puse tierra de por medio y me fui de Estados Unidos, desde que me mudé a Londres con la firme idea de olvidar todo lo que dejaba allí.

— Hola, Axel –. Saluda él una vez que desconecto el teléfono, lo pongo en altavoz para poder seguir preparando el desayuno.

— ¿Qué hay? ¿Ha ocurrido algo? – pregunto preocupado al ver que me llama en horario de trabajo.

Mi amigo Adam dirige la empresa familiar que heredó cuando sus padres fallecieron en un accidente de avión. Recuerdo como fueron aquellos meses en los que la sombra de los señores Buffé se cernía sobre nosotros. Fueron tiempos duros ya que yo también les consideraba parte de mi familia, pero juntos conseguimos salir a delante y Adam consiguió tomar las riendas que su padre le había dejado.

— No, no tranquilo –, dice él para tranquilizarme al ver la tensión en mi voz –. Te llamaba para preguntarte que tenías pensado hacer dentro de dos semanas.

— ¿Qué ocurre dentro de dos semanas? – le pregunto queriendo que vaya al grano mientras coloco los huevos revueltos que he cocinado en dos platos.

— Me caso.

— ¿Con Carol?

— ¿Con quién si no? – dice él riéndose.

Adam y Carol empezaron a salir hace tres años, cuando yo aún vivía en Estados Unidos, más precisamente con él. Carol había sido vecina de la familia Buffé desde siempre y ambos habían estado enamorados desde que eran críos, sin embargo, mi amigo nunca se había atrevido a decírselo hasta que ella se le adelantó. Ambos se prometieron hacía dos años, pocos días antes de que yo me marchase de allí, pero nunca llegaron a casarse ya que poco después descubrieron que en vez de dos serian tres y la boda se fue retrasando.

— Ya era hora, tío –. Le felicito sin ser consciente de que Liene está bajando las escaleras a mi espalda.

— ¿Has visto mis bragas? – pregunta de repente detrás mío haciendo que todo mi cuerpo se tense al saber que Adam la ha escuchado –. No las encuentro por la habitación –. Sigue diciendo hasta que me giro con el teléfono en la mano, ella rápidamente se da cuenta de que estoy hablando con alguien y me pide perdón, pero yo ya no puedo pensar en otra cosa que no sea que Adam la ha escuchado.

— Lo siento… – murmura mientras me dirijo a la terraza y paso por su lado sin mirarla. Sé que no es culpa suya, sino mía por no prever que algo como esto podría acabar pasando. Pero no estoy preparado para mezclar mi vida de Estados Unidos con mi vida en Londres.

Una vez en la terraza cierro la puerta para que Liene no oiga mi conversación con Adam, sé que en estos momentos podría decir algo que pudiese herirla si me oye y no quiero hacerlo. La veo con cara de desconcierto mientras revuelve su taza, intuyo la preocupación en sus ojos, pero en estos momentos no puedo lidiar con eso.

— ¿Axel? – me llama Adam al ver que hace mucho que no hablo.

— Estoy aquí, perdona.

— ¿Quién es? – pregunta curioso confirmando que ha oído lo que ella ha dicho.

— No es nadie –. Me apresuro a responder.

— Axel… No hace falta que me mientas, han pasado dos años. No hay nada malo en que haya alguien en tu vida.

— Es una amiga –. Y no miento, porque nunca hemos hablado de que somos.

— ¿Una amiga? Tú no tienes amigas –. Dice riéndose y sé que tiene razón, pero esta vez prefiero no dársela –. ¿Es ella?

— ¿Cómo que ella? – pregunto sin saber a qué se refiere.

— Te llame hace unos meses y me contestó una niña diciendo que estabas muy ocupado besándote con una tal ¿Liene?

— Joder –. Murmuro pasándome la mano por el pelo y tirando de él –. Sí, es ella –. Reconozco. – se llama Liene, Madeleine.

— ¿Cuánto lleváis?

— Unos meses… Casi un año.

— Vaya.

— Si.

La conversación cada vez me resulta más incómoda, pero tampoco quiero seguir teniendo que mentir a mi mejor amigo. Ya es hora de que sepa que Liene está en mi vida, aunque no sepa aun lo que eso significa.

— Tráela a la boda –. Dice de repente haciéndome pensar que se ha vuelto loco. No puede ser verdad que Adam que quiera que la lleve a Estados Unidos.

— ¿Cómo?

— Quiero conocerla si ha conseguido aguantar a mi mejor amigo casi un año entero es porque esa chica tiene que ser especial o tener mucha paciencia.

Después de charlas unos minutos más en los que acabo dejándome convencer para llevar a la mujer que me espera en la isla de la cocina a la boda cuelgo el teléfono. Antes de entrar necesito tomar una larga bocanada de aire y pensar en todo lo que puede ocurrir. Pensar en lo que dirá Liene cuando conozca la razón por la que abandoné Estados Unidos hace dos años y me da miedo volver, la razón por la que pongo trabas para no avanzar en lo nuestro. Cuando la conozca a ella.

Cuando vuelvo a entrar de nuevo en la cocina veo que Liene ya no está allí, la llamo al piso de arriba pero no me contesta. Pienso que igual se ha molestado más de lo que creía, pero entonces empiezo a escuchar el sonido de la ducha de mi habitación y algo dentro de mí se tranquiliza. Me bebo el café ya frío que había preparado antes y veo que no se ha comido los huevos revueltos, preocupado subo las escaleras con la clara intención de disculparme. Sin embargo, una vez que entro en el baño, su cuerpo por cual el agua se desliza me hipnotiza y no dudo en meterme con ella en la ducha.

miércoles, 21 de octubre de 2020

MADELEINE

 

— Buenos días, dormilona –. Susurró Axel en mi oído mientras una de sus manos acariciaba mi espalda.

— Mmm… – murmuré yo ante su contacto. La piel se me erizaba cada vez que me tocaba, cada vez que me acariciaba con aquella delicadeza, como si creyese que fuese a romperme. Me gustaba, me gustaba que existiesen aquellos momentos entre nosotros, momentos en lo que solo éramos él y yo, no había nada más.

Pronto las lentas caricias que me estaba dando en la espalda fueron bajando un poco más hasta delinear la curva que hacia mi cadera. Noté como algo crecía a mi espalda y no pude evitar la sonrisa que escapó de mis labios. Sabía lo pasional que era el hombre que tenía a mi lado tumbado y lo que le gustaba hacer con mi cuerpo, hacía meses que habíamos olvidado la brusquedad del principio, las ansias, los polvos rápidos contra la pared. Había pasado mucho tiempo desde aquello, ahora no había prisas, solo ganas, ganas de más cada día, de tocarnos, de besarnos, de bebernos el uno al otro. Atrás habíamos dejado follar como animales, como adolescentes que hubiesen acabado de descubrir el sexo, nos hacíamos el amor, lento, sin prisas porque ambos sabíamos que teníamos todo el tiempo del mundo, todo el tiempo para nosotros.

Axel se coloca entre mis piernas mientras su boca recorre mi cuello, va dejando besos húmedos llenos de promesas calientes, de sueños eróticos. Me agarro a su espalda sin poder contener los gemidos que provoca su mano entre mis piernas. Me toca, me acaricia, juega con mi sensible botón sin darle tregua mientras que mi cuerpo se derrite a su contacto. Porque si algo tuve claro desde la primera vez que nos acostamos fue que mi cuerpo le pertenecía, no había conocido nunca a nadie que me hiciera derretirme con aquella sencillez, pero no me importaba porque para mí ya no habría nadie más que él.

— ¿Te gusta? – pregunta, aunque sabe perfectamente la respuesta aun así yo asiento perdida en el placer que me está proporcionando su contacto. Pronto su mano es sustituida por aquello que había notado crecer en mi espalda hacia unos minutos y un suspiro sale de mis labios. – me encanta cuando haces esos sonidos –. Dice antes de devorar mi boca mientras entra dentro de mí.

Lo abarco entero sin importarme lo grande que es, porque sé que Axel no me hará daño. Ambos nos sabemos cada rincón del cuerpo del toro, cada lunar, cada cicatriz que ha marcado nuestro cuerpo. Conozco todas las partes erógenas de su cuerpo y él las mías.

El tiempo que dura aquella pasión desenfrenada que nos ha invadido me siento en el cielo, él es así, siempre consigue llevarme arriba pero no tengo miedo. Hace tiempo que perdí el miedo a que me dejara caer porque había descubierto que él siempre estaba allí para cogerme, para agarrarme, para que no me hiciese daño.

— ¿A qué hora tienes que volver hoy al centro? – me pregunta Axel rato después cuando ambos estamos satisfechos.

Trabajo en un centro de acogida de menores. Sé que cuando lo digo muchas veces lo miran con un edificio frío y gris en la cabeza, donde los niños no sonríen y echan de menos a sus padres. Sin embargo, en este caso se equivocan. El Centro Sunshine no es un centro de acogida como tal, sino una casa muy grande donde la Laura Moore y su marido Tom hace años hicieron un gran hogar para todos aquellos niños que no encontraban su lugar en el mundo. Allí fue donde yo me crie mis últimos años de instituto y desde entonces supe que quería dedicar mi vida a aquello, a cuidar de aquellos niños como Laura y Tom habían cuidado de mí.

— A las ocho para preparar la cena –. Dijo desperezándome en el colchón, él mira mi cuerpo de nuevo con el deseo reflejado en sus ojos –. ¿Quieres venir a cenar? A los niños sabes que les volvería locos.

Axel aparte de ser el hombre con el que salgo desde hace casi un año es un piloto de la NASCAR, ganó cinco años seguidos el título del mundial, pero hace un par de años que ya no corre como antes. Alguna vez le he intentado preguntar a qué se debe, pero él siempre se cierra en banda y se va.

— Tengo una reunión con mi manager, pero intentaré llegar a tiempo – Me responde sabiendo lo feliz que les hace a los niños que él se pase por la casa –. Y ahora, vamos a desayunar que quiero aprovechar el día con mi chica –. Dice una vez que se ha levantado de la cama, se empieza a vestir, pero cuando ve que yo no le sigo deja de vestirme y enarca una ceja.

— Hace mucho que no tengo una cama tan grande para mi sola –. Dije arropándome hasta las orejas y cerrando los ojos.

— Ah, ¿no?  – pregunta él mirándome desde arriba con una sonrisa –. ¿Eso quiere decir que no te gusta dormir conmigo, señorita Cooper? – dice mientras se vuelve a colocar encima de mí y noto como mi cuerpo se vuelve a encender a pesar de que el gordo edredón separa nuestros cuerpos –. Respóndeme para llamar a la siguiente de mi lista que no tenga problemas en dormir conmigo –. Dice burlón mientras me da un golpe en la punta de la nariz.

— Idiota –. Le digo mientras le saco la lengua a sus palabras –. Esta semana, Darla – una niña de cinco años del centro – tuvo pesadillas y me pidió que durmiera con ella –. Le explico algo preocupada por las pesadillas de la niña. Darla viene de una familia donde los malos tratos estaban a la orden del día, pero cuando perdió a su madre a manos de su padre, Laura y Tom no dudaron en acogerla en nuestra pequeña familia. El centro contaba con quince niños en total, pero habían sido muchos, yo incluida, los que habíamos pasado por aquellas paredes –. Darla corrió la voz de que la hacía compañía, entonces Bethany y Jimmy – de siete y nueve años respectivamente – también quisieron dormir conmigo por lo que llevo toda la semana durmiendo con tres niños que se mueven como culebrillas cuando duermen –. Sé que, aunque antes me he quejado de la falta de una cama para mí, no hubiese podido negarme a aquellos críos. Yo había pasado por las mimas situaciones que muchas veces veía en aquellos niños en el centro y sabía lo mal que podías sentirte cuando te negaban aquel cariño que tu pedias a gritos.

— No me extraña que todos esos niños estén enamorados de ti –, susurra Axel con ternura antes de besar delicadamente mis labios –, Te concedo unos minutos de gloria en mi cama mientras preparo el desayuno – dice mientras se incorpora para bajar al piso de debajo de su dúplex.

— Que generoso –. Le digo riéndome a la vez que él sale de la habitación no sin antes darme otro beso en los labios.

Una vez sola no puedo evitar sonreír como una boba mientras pienso en nosotros, en lo mucho que tuvimos que superar para llegar a donde estamos. Sé que hay cosas que él todavía no ha querido contarme, aunque yo le haya abierto mi alma y corazón, pero aun así confió en que alguna vez lo haga, en que alguna vez supere todo aquello que le atormenta y nos permita avanzar.

martes, 20 de octubre de 2020

CAPITULO 1

 

Odiaba Londres. Lo odiaba desde que había llegado aquí, desde que me bajé del avión. Odiaba su cielo permanentemente nublado, sus temperaturas por debajo de la media que tenía California. Odiaba que el sol no me diese en la cara cuando salía de casa. Odiaba este lugar, este país.

Aquí la gente era más recta, más estirada mientras que en California era todo lo contrario. Aquí no se respiraba aquella alegría que vagaba por las calles, parecía que las calles no tenían vida y se asemejaba con mi falta de vitalidad.

Llevaba un año viviendo en este país y todavía no me había acostumbrado a la humedad y a salir casi siempre con el paraguas en la mano. A que en los días que hacía calor seguía teniendo que salir con una puta chaqueta porque el tiempo era traicionero. Odiaba que condujesen por la izquierda y eso que yo me dedicaba a los coches, pero al menos en las carreras no había estos carriles.

De pequeño siempre había soñado con viajar a Inglaterra, con meterme en una de esas cabinas de teléfono tan características del país, del paisaje. Sin embargo, ahora que las había visto, que había entrado en una de ellas como un turista más el olor a orina y a desgracia me perseguía.

Y lo que más odiaba de todo era tener que asistir a las fiestas, las putas fiestas. No es que en California no tuviese que acudir, pero allí era diferente. Allí siempre iba acompañado de mis amigos, de ella. Siempre ella.

Sin embargo, en Londres estaba yo solo. Únicamente yo. Todo lo que conocía se había quedado a miles de kilómetros de distancia. Había cruzado el charco dejando todo atrás. Muchos dirían que estaba huyendo y era cierto, huía de ella. Pero a la vez me moría de ganas de correr al aeropuerto cada vez que me despertaba y coger el primer avión que me llevase a su lado, con ella.

Mi relaciones públicas, o manager como se hacía llamar él y acabó llamándole todo el mundo, se había empeñado en que asistir a aquellas fiestas benéficas donde los ricachones donaban dinero para que les veneraran. Yo no era así. Donaba dinero a muchas de las ONG´s que había, pero prefería hacerlo manteniendo el anonimato. Y así había sido desde que había empezado a ganar el suficiente dinero siendo uno de los mejores corredores de la NASCAR, y no lo decía yo sino los medios de comunicación.

Sin embargo, Phil, mi manager, desde que me había trasladado a vivir a Londres me había obligado a asistir a todas y cada una de ellas. Decía que así limpiaría la imagen que el mundo sensacionalista tenía de mí. Al parecer era el chico malo de la NASCAR, el mujeriego, el fiestero. Nunca supe de donde se habían sacado todas aquellas cosas, incluso me habían llegado rumores de que tomaba drogas, cosa que no era cierto.

Al final, todos aquellos cotilleos que la gente iba difundiendo de boca en boca habían hecho mella en los patrocinadores poniendo un ultimátum sobre la supuesta imagen que tenía. A mí todo eso me daba igual, me daba lo mismo como me viese el mundo, la única persona que me había importado su opinión había sido ella, y ella sabía quién era.

Sin embargo, sabía que los patrocinadores eran importantes cuando te dedicas a un negocio como este. Daba igual si tus patrocinadores te obligaban a llevar un traje rosa chicle o un cartel de desatranques Manolo en la espalda, todo eso suponía dinero. Dinero para un mejor coche, para un mejor equipo, para unos mejores mecánicos que hicieran de tu coche el más veloz.

Así que por todo me encontraba en aquella gala benéfica para un centro de acogida para niños. Había donado una buena suma de dinero, los niños eran mi debilidad, siempre lo habían sido. No me importaba donar todo aquel dinero si con eso aquellos niños iban a poder tener todo lo que mis padres me habían dado a mí.

Por lo que Phil me había contado, se trataba de una casa de acogida que llevaba un matrimonio desde hacía muchos años. De allí habían salido muchos niños, y todos ellos habían podido acudir a la universidad gracias a todo aquel dinero que recaudaban en las galas.

Se celebraba en uno de los hoteles más caros de todo Londres. La sala estaba llena de gente vestida con alta costura, con esmóquines de los caros. El dinero se olía a distancia y la arrogancia se palpaba en el ambiente. Todos aquellos estirados se miraban unos a otros por encima del hombro. Me hacía gracia observar a todos y cada uno de ellos, la alta sociedad de Londres, los más adinerados.

A pesar del aburrimiento que me iba a suponer estar allí, no podía marcharme. Phil me había hecho prometer que me quedaría allí el tiempo suficiente para que la gente me viese y se empezasen a disipar de una vez todos aquellos rumores que salían en la prensa rosa. Llevaba diez galas benéficas en lo que llevaba de año y todavía los rumores seguían danzando a sus anchas de una revista a otra.

— Deberías relacionarte un poco, muchacho –. Me dijo Phil que se encontraba a mi lado.

A pesar de que no era necesario que el acudiese a estas galas, ya que yo era la imagen de nuestro equipo, siempre me acompañaba. Era una de las pocas personas que conocían la verdad de porque hacía un año había cogido el móvil y la cartera y había subido a un avión de doce horas a la otra punta del charco. A un país desconocido, en el que solo había estado para alguna que otra carrera.

— No tengo nada que hablar con ellos –, murmuré yo echando un vistazo a la sala. Las mujeres, aunque iban agarradas de sus parejas, me echaban miradas como si quisieran comerme con los ojos.

— Sería bueno para tu imagen –. Me animó él en vano.              

Para mí era más que suficiente tener que acudir a aquellas galas, no quería hablar con nadie, no quería que nadie me hablase. Siempre había sido una persona poco habladora, pero desde hacía un año lo era aún más.

— ¿Un poco de champan? – dijo una mujer plantándose delante de nosotros con una bandeja llena de copas.

Al mirarla pensé que sería una de las camareras que pululaban por el lugar. Sin embargo, al echarle un ojo de arriba abajo me desconcertó que llevase un vestido rojo y no uno de esos uniformes que llevaban los demás.

— Gracias –, dijo Phil sonriéndola mientras cogía una de las copas.

Ella se me quedó mirando esperando a que aceptase una de las copas que servía. Pero yo me había quedado mudo intentando buscar una explicación a por qué aquella chica, que me ofrecía una copa como si fuese una más del equipo del catering, me daba la sensación de que no encajaba allí. Era como si todo lo que hubiese en la sala no fuese con ella, como si no le importase que la gente la mirara por llevar un vestido que no debía legar a las cien libras.

— ¿No deberías llevar uniforme? – le espeté cabreado.

No sabía porque me enfadaba que siguiese ahí plantada esperando, esperando a qué. A pesar del tono con el que la había hablado ella no se inmutó, sino que su sonrisa se agrandó a un más mientras cogía ella también una de las copas y le daba un sorbo.

Fue un movimiento sencillo y delicado, pero que hicieron que sintiese un tirón en los pantalones, algo que desde hacía un año no me ocurría.

— ¿Y tú no deberías relacionarte con los demás ricachones? – preguntó burlándose después de tragar el champan.

Lo que hizo que toda mi atención se fijase en la delicadeza de su garganta.

Tenía la piel más blanca que jamás hubiese visto, con el pelo rubio cayéndole por la espalda y los hombros como si no se hubiese molestado en peinarse aquella noche.

— Lo mismo digo –, repliqué a la vez que agarraba una de las copas para ver si se daba por aludida y se marchaba de mi vista.

 Mi humor está empezando a agriarse más de lo que ya estaba y ni si quiera entendía el motivo que me hiciese sentir aquello. Sin embargo, era la primera vez en un año que alguien me hacía sentir algo, a pesar de que fuese malo.

— Si fuese una ricachona no llevaría este vestido –, señaló deslizando la mano por su costado haciendo que el tirón que antes había aparecido se incrementarse –. ¿No crees? – murmuró dejando la mano caer y alzando sus iris azules como el océano hacia mí.

— Me sorprende que te hayan dejado entrar con eso puesto –, le dije cabreado por las reacciones que mi cuerpo estaba teniendo sin que yo lo quisiese, sin que yo se lo hubiese permitido.

Aquello pensé que sería lo suficientemente brusco para que aquella rubia de ojos saltones se alargase. Sin embargo, allí seguía plantada y sonriente. Antes de que pudiese contestarme, una mujer de unos cincuenta años se acercó a nosotros con una sonrisa.

— ¡Aquí estas, Liene! – dijo dirigiéndose a la mujer de la bandeja llena de copas –. Te he estado buscando por todas partes. Tienes que dar el discurso dentro de quince minutos.

— ¿Discurso? – preguntó Phil dando señales de que seguía allí.

 Me había olvidado de él desde que había comenzado a hablar con la rubia del vestido rojo.

— Oh, perdona –. Dijo la mujer poniéndose colorada al ver que había interrumpido nuestra charla –. Soy Laura Moore, la directora del Centro Sunshine –. Añadió alargando su mano para que Phil se la estrechase, cosa que él hizo encantada. La mujer a pesar de sus años era atractiva –. Esta es Madeleine Cooper, mi ayudante –. Dijo señalando a la rubia que tenía en frente.

La susodicha se sonrojó al ser el centro de atención en aquel pequeño círculo que los cuatro habíamos formado. Se notaba que la mujer la tenía un cariño especial para ser únicamente su ayudante.

Observé de nuevo a la rubia, que ahora sabía que se llamaba Madeleine o Liene como la había llamado la señora Moore. Pude apreciar que aquella fachada de mujer segura que intentaba exponernos a nosotros únicamente era fachada, en sus ojos se advertía el nerviosismo, la incomodidad de estar allí. Me cuestioné a mí mismo si le resultaría incómodo estar allí con tanta gente como me pasaba a mí, o si se trataba de otra cosa, pero aquello me mantuvo pendiente todo aquel silencio que se propagó entre los cuatro.

Antes de que ninguno de nosotros pudiese romper el silencio, uno de los trabajadores del hotel donde nos encontrábamos se acercó a nosotros entregándole un teléfono móvil a la jefa de la tal Madeleine.

— Es Tom –, informó la mayor a la más joven mientras se apartaba para contestar la llamada.

— Así que… el Centro Sunshine –, habló Phil llamando su atención. Vi como sus ojos chispeaban de alegría al oír el nombre de aquel sitio, como si significase más de lo que los demás mortales podíamos ver –. ¿A qué vais a dedicar los donativos que se recauden?

Me sentía celoso por la manera en la que aquella mujer había pasado de ignorarme, parecía que yo no me encontraba allí, que como la señora Moore me había apartado del grupo. Hablaban entre ellos, sin dejar que ningún otro si inmiscuyese en la conversación que mantenían.

Sin embargo, aquello me dio la oportunidad para contemplarla. Era guapa. Muy guapa. Su pelo rubio de un dorado como el oro le llegaba hasta debajo de los turgentes pechos que asomaban por el escote del vestido rojo que llevaba. Sus ojos eran tan enormes que quizá en otra cara, en otro cuerpo que no fuese ella no parecerían dos gotas caídas del cielo para atormentarme. La boca, pintada de rojo, tenía forma de corazón con el labio superior más fino que el inferior. Era una de esas bocas que en aquellos tiempos en los que mi cuerpo era capaz de sentir hubiese muerto por besar, por probar, por beber. Pero ahora solo era capaz de admirarla y echar de menos todo lo que dejé en California.

No se parecían en nada. Si ella hubiese sido la que había aparecido como Madeleine la escena sería muy diferente. Ella no me hubiese respondido de aquellas formas, sino que me hubiese coqueteado dispuesta a conseguirme aquella noche, y yo, yo me hubiese dejado conseguir. Porque ella era mi debilidad. Siempre ella.

— Cariño –, la llamó la señora Moore cuando terminó de hablar por teléfono –. Tengo que marcharme, Malcolm está con fiebre. No voy a poder quedarme al discurso.

— ¿Quieres que vaya? – le preguntó Madeleine casi deseando que aquella mujer le dijese que sí. Aquello confirmó la sospecha que tenía sobre que tanto ella como yo hubiésemos preferido estar en cualquier parte menos en aquel hotel, menos en aquella sala.

— Tienes que dar el discurso, cariño –. Dijo ella negando con la cabeza mientras la agarraba cariñosamente del brazo –. Sabes cómo es esta gente, no podemos pedir su dinero sin que se diviertan un poco a nuestra costa.

Y con aquella frase la mujer se marchó dejándonos de nuevo a los tres sumidos en el silencio. Madeleine que todavía seguía llevando la bandeja con las copas de champan, cogió otra que se bebió de golpe.

— Así que nos tenéis que divertir –, dije yo –. Espero que sepas hacerlo bien.

— Descuida –, añadió ella guiñándome un ojo antes de dar media vuelta y mezclarse con las demás personas que estaban en la fiesta.

No pude evitar observarla hasta que la perdí entre la marabunta de gente. Sus curvas eran una perdición, una de esas que si no coges bien puedes acabar estrellando el coche, y yo sabía mucho de aquello. Pero aquella figura que dibuja el vestido de menos de cien libras que llevaba intuía que no la hacía justicia.

Y por primera vez después de un año en Londres, me empezó a gustar el color rojo de las cabinas de teléfono.

SINOPSIS

 

La herida estaba ahí, seguía sangrando, doliendo, escociendo. Pensó que nunca se curaría, que siempre seguiría abierta doliéndole y haciendo que se desangrase con el paso del tiempo. Sin embargo, un día sin pretenderlo, sin quererlo, se dio cuenta de que, aunque la herida sangrase había alguien dispuesto a limpiarla, a curarla con aquel mimo que él hacía mucho que no sentía. Se dejó curar con palabras bonitas, con besos tiernos y con abrazos de esos que le hacían sentir en casa. Una casa que hacía dos años que no se había atrevido a pisar.

Pero el pasado, como el dolor, siempre vuelve. Pensó que todo aquel tiempo separados en el que al final, la herida había dejado de doler, había sido suficiente para olvidarla. Para que su corazón no bombease con fuerza cuando la tuviese delante.

Ven a conocer a un hombre que lo dejó todo por el desamor, mudándose al frío Londres donde creyó que los recuerdos no podrían atormentarle, aunque le acompañaban cada noche. Salvo cuando estaba ella. Siempre ella.


 

AXEL

  Dejo a Liene holgazaneando en mi cama mientras bajo a la cocina para preparar el desayuno. A veces me preocupa que ponga tanto amor y cari...