La herida estaba ahí,
seguía sangrando, doliendo, escociendo. Pensó que nunca se curaría, que siempre
seguiría abierta doliéndole y haciendo que se desangrase con el paso del
tiempo. Sin embargo, un día sin pretenderlo, sin quererlo, se dio cuenta de
que, aunque la herida sangrase había alguien dispuesto a limpiarla, a curarla
con aquel mimo que él hacía mucho que no sentía. Se dejó curar con palabras
bonitas, con besos tiernos y con abrazos de esos que le hacían sentir en casa.
Una casa que hacía dos años que no se había atrevido a pisar.
Pero el pasado, como el
dolor, siempre vuelve. Pensó que todo aquel tiempo separados en el que al
final, la herida había dejado de doler, había sido suficiente para olvidarla.
Para que su corazón no bombease con fuerza cuando la tuviese delante.
Ven a conocer a un hombre
que lo dejó todo por el desamor, mudándose al frío Londres donde creyó que los
recuerdos no podrían atormentarle, aunque le acompañaban cada noche. Salvo
cuando estaba ella. Siempre ella.
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