Dejo
a Liene holgazaneando en mi cama mientras bajo a la cocina para preparar el
desayuno. A veces me preocupa que ponga tanto amor y cariño con esos niños, sé
que es su trabajo, pero a veces tengo miedo de que todo eso le provoque que
vuelvan las pesadillas que hacía meses que no padecía. Pesadillas en las que
gritaba desgarradoramente y de las que me costó mucho tiempo saber los motivos
de su procedencia. El día que ella se vio prepara para al fin hablarme de ello,
no pude admirarla más. Liene ha pasado por mucho desde que no era más que una
cría y ver la mujer en la que se ha convertido a pesar de todo me emociona y a
la vez me aterra.
Nunca
hemos hablado de sentimientos, de lo que hay entre nosotros, sé que si por ella
fuese hubiésemos tenido esa conversación hacía mucho tiempo, pero yo siempre
consigo esquivarla. No sé lo que siento, ni si siento algo, solo sé que Liene
me ha salvado. Cuando la conocí me encontraba en uno de mis peores momentos y
ella, como hace con los niños del centro, me acogió entre sus brazos a pesar de
ser un capullo con ella. Con el tiempo mi reticencia a estar con ella fue
desapareciendo y empecé a ser yo el que la buscaba en todas partes, el que iba
a ver a los niños porque sabía que si cogía cariño a Liene aquellos críos iban
en el paquete y no me importó. No me importó cenar todos los viernes en aquella
casa ni contestar preguntas interminables sobre la NASCAR, tampoco tener que
limpiar mocos, dar de comer, recoger juguetes, cuando los niños estaban
revoltosos y Laura, Tom y Liene necesitaban una mano.
Mientras
espero a que la máquina de café termine de preparar el mío, caliento la leche
con cacao de Liene en el microondas. A veces no dudo en que, a pesar de tener
veinticuatro años, Liene sigue teniendo aquella alma aniñada que la mayoría de
los adultos perdemos. Sin embargo, al suya sigue ahí y es por eso por lo que
quizá en su día no pude apartar mis ojos de ella.
El
sonido de mi teléfono me saca de mis pensamientos haciendo que tenga que
buscarlo, la chica que tengo arriba tiene la fea costumbre de desordenarlo todo
cuando llega a mi casa. sé que no es algo que haga a posta, lo he comprobado,
sino que ella es así, desordenada, tope, olvidadiza. Pero cada cualidad que la
define la hace ser ella, ser única.
Encuentro
mi teléfono debajo de un montón de catálogos de decoración, Liene está
obsesionada con esas revistas y siempre que sacan una nueva la compra y no sé
cómo siempre acaba en mi casa. Veo que el nombre de la persona que me llama y
un escalofrío me recorre por dentro, Adam. Él es mi mejora migo desde que no
éramos más que unos adolescentes con las hormonas alteradas, han pasado dos
años desde la última vez que le vi, desde que puse tierra de por medio y me fui
de Estados Unidos, desde que me mudé a Londres con la firme idea de olvidar
todo lo que dejaba allí.
— Hola, Axel –. Saluda él una vez
que desconecto el teléfono, lo pongo en altavoz para poder seguir preparando el
desayuno.
— ¿Qué hay? ¿Ha ocurrido algo? – pregunto
preocupado al ver que me llama en horario de trabajo.
Mi
amigo Adam dirige la empresa familiar que heredó cuando sus padres fallecieron
en un accidente de avión. Recuerdo como fueron aquellos meses en los que la
sombra de los señores Buffé se cernía sobre nosotros. Fueron tiempos duros ya
que yo también les consideraba parte de mi familia, pero juntos conseguimos
salir a delante y Adam consiguió tomar las riendas que su padre le había
dejado.
— No, no tranquilo –, dice él para
tranquilizarme al ver la tensión en mi voz –. Te llamaba para preguntarte que
tenías pensado hacer dentro de dos semanas.
— ¿Qué ocurre dentro de dos
semanas? – le pregunto queriendo que vaya al grano mientras coloco los huevos
revueltos que he cocinado en dos platos.
— Me caso.
— ¿Con Carol?
— ¿Con quién si no? – dice él
riéndose.
Adam
y Carol empezaron a salir hace tres años, cuando yo aún vivía en Estados
Unidos, más precisamente con él. Carol había sido vecina de la familia Buffé
desde siempre y ambos habían estado enamorados desde que eran críos, sin
embargo, mi amigo nunca se había atrevido a decírselo hasta que ella se le
adelantó. Ambos se prometieron hacía dos años, pocos días antes de que yo me
marchase de allí, pero nunca llegaron a casarse ya que poco después
descubrieron que en vez de dos serian tres y la boda se fue retrasando.
— Ya era hora, tío –. Le felicito
sin ser consciente de que Liene está bajando las escaleras a mi espalda.
— ¿Has visto mis bragas? – pregunta
de repente detrás mío haciendo que todo mi cuerpo se tense al saber que Adam la
ha escuchado –. No las encuentro por la habitación –. Sigue diciendo hasta que
me giro con el teléfono en la mano, ella rápidamente se da cuenta de que estoy
hablando con alguien y me pide perdón, pero yo ya no puedo pensar en otra cosa
que no sea que Adam la ha escuchado.
— Lo siento… – murmura mientras me
dirijo a la terraza y paso por su lado sin mirarla. Sé que no es culpa suya,
sino mía por no prever que algo como esto podría acabar pasando. Pero no estoy
preparado para mezclar mi vida de Estados Unidos con mi vida en Londres.
Una
vez en la terraza cierro la puerta para que Liene no oiga mi conversación con
Adam, sé que en estos momentos podría decir algo que pudiese herirla si me oye
y no quiero hacerlo. La veo con cara de desconcierto mientras revuelve su taza,
intuyo la preocupación en sus ojos, pero en estos momentos no puedo lidiar con
eso.
— ¿Axel? – me llama Adam al ver que
hace mucho que no hablo.
— Estoy aquí, perdona.
— ¿Quién es? – pregunta curioso
confirmando que ha oído lo que ella ha dicho.
— No es nadie –. Me apresuro a
responder.
— Axel… No hace falta que me
mientas, han pasado dos años. No hay nada malo en que haya alguien en tu vida.
— Es una amiga –. Y no miento,
porque nunca hemos hablado de que somos.
— ¿Una amiga? Tú no tienes amigas
–. Dice riéndose y sé que tiene razón, pero esta vez prefiero no dársela –. ¿Es
ella?
— ¿Cómo que ella? – pregunto sin
saber a qué se refiere.
— Te llame hace unos meses y me
contestó una niña diciendo que estabas muy ocupado besándote con una tal ¿Liene?
— Joder –. Murmuro pasándome la
mano por el pelo y tirando de él –. Sí, es ella –. Reconozco. – se llama Liene,
Madeleine.
— ¿Cuánto lleváis?
— Unos meses… Casi un año.
— Vaya.
— Si.
La
conversación cada vez me resulta más incómoda, pero tampoco quiero seguir
teniendo que mentir a mi mejor amigo. Ya es hora de que sepa que Liene está en
mi vida, aunque no sepa aun lo que eso significa.
— Tráela a la boda –. Dice de
repente haciéndome pensar que se ha vuelto loco. No puede ser verdad que Adam
que quiera que la lleve a Estados Unidos.
— ¿Cómo?
— Quiero conocerla si ha conseguido
aguantar a mi mejor amigo casi un año entero es porque esa chica tiene que ser
especial o tener mucha paciencia.
Después
de charlas unos minutos más en los que acabo dejándome convencer para llevar a
la mujer que me espera en la isla de la cocina a la boda cuelgo el teléfono.
Antes de entrar necesito tomar una larga bocanada de aire y pensar en todo lo
que puede ocurrir. Pensar en lo que dirá Liene cuando conozca la razón por la
que abandoné Estados Unidos hace dos años y me da miedo volver, la razón por la
que pongo trabas para no avanzar en lo nuestro. Cuando la conozca a ella.
Cuando
vuelvo a entrar de nuevo en la cocina veo que Liene ya no está allí, la llamo
al piso de arriba pero no me contesta. Pienso que igual se ha molestado más de
lo que creía, pero entonces empiezo a escuchar el sonido de la ducha de mi
habitación y algo dentro de mí se tranquiliza. Me bebo el café ya frío que
había preparado antes y veo que no se ha comido los huevos revueltos,
preocupado subo las escaleras con la clara intención de disculparme. Sin
embargo, una vez que entro en el baño, su cuerpo por cual el agua se desliza me
hipnotiza y no dudo en meterme con ella en la ducha.
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