miércoles, 21 de octubre de 2020

MADELEINE

 

— Buenos días, dormilona –. Susurró Axel en mi oído mientras una de sus manos acariciaba mi espalda.

— Mmm… – murmuré yo ante su contacto. La piel se me erizaba cada vez que me tocaba, cada vez que me acariciaba con aquella delicadeza, como si creyese que fuese a romperme. Me gustaba, me gustaba que existiesen aquellos momentos entre nosotros, momentos en lo que solo éramos él y yo, no había nada más.

Pronto las lentas caricias que me estaba dando en la espalda fueron bajando un poco más hasta delinear la curva que hacia mi cadera. Noté como algo crecía a mi espalda y no pude evitar la sonrisa que escapó de mis labios. Sabía lo pasional que era el hombre que tenía a mi lado tumbado y lo que le gustaba hacer con mi cuerpo, hacía meses que habíamos olvidado la brusquedad del principio, las ansias, los polvos rápidos contra la pared. Había pasado mucho tiempo desde aquello, ahora no había prisas, solo ganas, ganas de más cada día, de tocarnos, de besarnos, de bebernos el uno al otro. Atrás habíamos dejado follar como animales, como adolescentes que hubiesen acabado de descubrir el sexo, nos hacíamos el amor, lento, sin prisas porque ambos sabíamos que teníamos todo el tiempo del mundo, todo el tiempo para nosotros.

Axel se coloca entre mis piernas mientras su boca recorre mi cuello, va dejando besos húmedos llenos de promesas calientes, de sueños eróticos. Me agarro a su espalda sin poder contener los gemidos que provoca su mano entre mis piernas. Me toca, me acaricia, juega con mi sensible botón sin darle tregua mientras que mi cuerpo se derrite a su contacto. Porque si algo tuve claro desde la primera vez que nos acostamos fue que mi cuerpo le pertenecía, no había conocido nunca a nadie que me hiciera derretirme con aquella sencillez, pero no me importaba porque para mí ya no habría nadie más que él.

— ¿Te gusta? – pregunta, aunque sabe perfectamente la respuesta aun así yo asiento perdida en el placer que me está proporcionando su contacto. Pronto su mano es sustituida por aquello que había notado crecer en mi espalda hacia unos minutos y un suspiro sale de mis labios. – me encanta cuando haces esos sonidos –. Dice antes de devorar mi boca mientras entra dentro de mí.

Lo abarco entero sin importarme lo grande que es, porque sé que Axel no me hará daño. Ambos nos sabemos cada rincón del cuerpo del toro, cada lunar, cada cicatriz que ha marcado nuestro cuerpo. Conozco todas las partes erógenas de su cuerpo y él las mías.

El tiempo que dura aquella pasión desenfrenada que nos ha invadido me siento en el cielo, él es así, siempre consigue llevarme arriba pero no tengo miedo. Hace tiempo que perdí el miedo a que me dejara caer porque había descubierto que él siempre estaba allí para cogerme, para agarrarme, para que no me hiciese daño.

— ¿A qué hora tienes que volver hoy al centro? – me pregunta Axel rato después cuando ambos estamos satisfechos.

Trabajo en un centro de acogida de menores. Sé que cuando lo digo muchas veces lo miran con un edificio frío y gris en la cabeza, donde los niños no sonríen y echan de menos a sus padres. Sin embargo, en este caso se equivocan. El Centro Sunshine no es un centro de acogida como tal, sino una casa muy grande donde la Laura Moore y su marido Tom hace años hicieron un gran hogar para todos aquellos niños que no encontraban su lugar en el mundo. Allí fue donde yo me crie mis últimos años de instituto y desde entonces supe que quería dedicar mi vida a aquello, a cuidar de aquellos niños como Laura y Tom habían cuidado de mí.

— A las ocho para preparar la cena –. Dijo desperezándome en el colchón, él mira mi cuerpo de nuevo con el deseo reflejado en sus ojos –. ¿Quieres venir a cenar? A los niños sabes que les volvería locos.

Axel aparte de ser el hombre con el que salgo desde hace casi un año es un piloto de la NASCAR, ganó cinco años seguidos el título del mundial, pero hace un par de años que ya no corre como antes. Alguna vez le he intentado preguntar a qué se debe, pero él siempre se cierra en banda y se va.

— Tengo una reunión con mi manager, pero intentaré llegar a tiempo – Me responde sabiendo lo feliz que les hace a los niños que él se pase por la casa –. Y ahora, vamos a desayunar que quiero aprovechar el día con mi chica –. Dice una vez que se ha levantado de la cama, se empieza a vestir, pero cuando ve que yo no le sigo deja de vestirme y enarca una ceja.

— Hace mucho que no tengo una cama tan grande para mi sola –. Dije arropándome hasta las orejas y cerrando los ojos.

— Ah, ¿no?  – pregunta él mirándome desde arriba con una sonrisa –. ¿Eso quiere decir que no te gusta dormir conmigo, señorita Cooper? – dice mientras se vuelve a colocar encima de mí y noto como mi cuerpo se vuelve a encender a pesar de que el gordo edredón separa nuestros cuerpos –. Respóndeme para llamar a la siguiente de mi lista que no tenga problemas en dormir conmigo –. Dice burlón mientras me da un golpe en la punta de la nariz.

— Idiota –. Le digo mientras le saco la lengua a sus palabras –. Esta semana, Darla – una niña de cinco años del centro – tuvo pesadillas y me pidió que durmiera con ella –. Le explico algo preocupada por las pesadillas de la niña. Darla viene de una familia donde los malos tratos estaban a la orden del día, pero cuando perdió a su madre a manos de su padre, Laura y Tom no dudaron en acogerla en nuestra pequeña familia. El centro contaba con quince niños en total, pero habían sido muchos, yo incluida, los que habíamos pasado por aquellas paredes –. Darla corrió la voz de que la hacía compañía, entonces Bethany y Jimmy – de siete y nueve años respectivamente – también quisieron dormir conmigo por lo que llevo toda la semana durmiendo con tres niños que se mueven como culebrillas cuando duermen –. Sé que, aunque antes me he quejado de la falta de una cama para mí, no hubiese podido negarme a aquellos críos. Yo había pasado por las mimas situaciones que muchas veces veía en aquellos niños en el centro y sabía lo mal que podías sentirte cuando te negaban aquel cariño que tu pedias a gritos.

— No me extraña que todos esos niños estén enamorados de ti –, susurra Axel con ternura antes de besar delicadamente mis labios –, Te concedo unos minutos de gloria en mi cama mientras preparo el desayuno – dice mientras se incorpora para bajar al piso de debajo de su dúplex.

— Que generoso –. Le digo riéndome a la vez que él sale de la habitación no sin antes darme otro beso en los labios.

Una vez sola no puedo evitar sonreír como una boba mientras pienso en nosotros, en lo mucho que tuvimos que superar para llegar a donde estamos. Sé que hay cosas que él todavía no ha querido contarme, aunque yo le haya abierto mi alma y corazón, pero aun así confió en que alguna vez lo haga, en que alguna vez supere todo aquello que le atormenta y nos permita avanzar.

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