— Buenos días, dormilona –. Susurró
Axel en mi oído mientras una de sus manos acariciaba mi espalda.
— Mmm… – murmuré yo ante su
contacto. La piel se me erizaba cada vez que me tocaba, cada vez que me
acariciaba con aquella delicadeza, como si creyese que fuese a romperme. Me
gustaba, me gustaba que existiesen aquellos momentos entre nosotros, momentos
en lo que solo éramos él y yo, no había nada más.
Pronto
las lentas caricias que me estaba dando en la espalda fueron bajando un poco
más hasta delinear la curva que hacia mi cadera. Noté como algo crecía a mi
espalda y no pude evitar la sonrisa que escapó de mis labios. Sabía lo pasional
que era el hombre que tenía a mi lado tumbado y lo que le gustaba hacer con mi
cuerpo, hacía meses que habíamos olvidado la brusquedad del principio, las
ansias, los polvos rápidos contra la pared. Había pasado mucho tiempo desde
aquello, ahora no había prisas, solo ganas, ganas de más cada día, de tocarnos,
de besarnos, de bebernos el uno al otro. Atrás habíamos dejado follar como
animales, como adolescentes que hubiesen acabado de descubrir el sexo, nos
hacíamos el amor, lento, sin prisas porque ambos sabíamos que teníamos todo el
tiempo del mundo, todo el tiempo para nosotros.
Axel
se coloca entre mis piernas mientras su boca recorre mi cuello, va dejando
besos húmedos llenos de promesas calientes, de sueños eróticos. Me agarro a su
espalda sin poder contener los gemidos que provoca su mano entre mis piernas.
Me toca, me acaricia, juega con mi sensible botón sin darle tregua mientras que
mi cuerpo se derrite a su contacto. Porque si algo tuve claro desde la primera
vez que nos acostamos fue que mi cuerpo le pertenecía, no había conocido nunca
a nadie que me hiciera derretirme con aquella sencillez, pero no me importaba
porque para mí ya no habría nadie más que él.
— ¿Te gusta? – pregunta, aunque
sabe perfectamente la respuesta aun así yo asiento perdida en el placer que me
está proporcionando su contacto. Pronto su mano es sustituida por aquello que
había notado crecer en mi espalda hacia unos minutos y un suspiro sale de mis
labios. – me encanta cuando haces esos sonidos –. Dice antes de devorar mi boca
mientras entra dentro de mí.
Lo
abarco entero sin importarme lo grande que es, porque sé que Axel no me hará
daño. Ambos nos sabemos cada rincón del cuerpo del toro, cada lunar, cada
cicatriz que ha marcado nuestro cuerpo. Conozco todas las partes erógenas de su
cuerpo y él las mías.
El
tiempo que dura aquella pasión desenfrenada que nos ha invadido me siento en el
cielo, él es así, siempre consigue llevarme arriba pero no tengo miedo. Hace
tiempo que perdí el miedo a que me dejara caer porque había descubierto que él
siempre estaba allí para cogerme, para agarrarme, para que no me hiciese daño.
— ¿A qué hora tienes que volver hoy
al centro? – me pregunta Axel rato después cuando ambos estamos satisfechos.
Trabajo
en un centro de acogida de menores. Sé que cuando lo digo muchas veces lo miran
con un edificio frío y gris en la cabeza, donde los niños no sonríen y echan de
menos a sus padres. Sin embargo, en este caso se equivocan. El Centro Sunshine
no es un centro de acogida como tal, sino una casa muy grande donde la Laura
Moore y su marido Tom hace años hicieron un gran hogar para todos aquellos
niños que no encontraban su lugar en el mundo. Allí fue donde yo me crie mis
últimos años de instituto y desde entonces supe que quería dedicar mi vida a
aquello, a cuidar de aquellos niños como Laura y Tom habían cuidado de mí.
— A las ocho para preparar la cena
–. Dijo desperezándome en el colchón, él mira mi cuerpo de nuevo con el deseo
reflejado en sus ojos –. ¿Quieres venir a cenar? A los niños sabes que les
volvería locos.
Axel
aparte de ser el hombre con el que salgo desde hace casi un año es un piloto de
la NASCAR, ganó cinco años seguidos el título del mundial, pero hace un par de
años que ya no corre como antes. Alguna vez le he intentado preguntar a qué se
debe, pero él siempre se cierra en banda y se va.
— Tengo una reunión con mi manager,
pero intentaré llegar a tiempo – Me responde sabiendo lo feliz que les hace a
los niños que él se pase por la casa –. Y ahora, vamos a desayunar que quiero
aprovechar el día con mi chica –. Dice una vez que se ha levantado de la cama,
se empieza a vestir, pero cuando ve que yo no le sigo deja de vestirme y enarca
una ceja.
— Hace mucho que no tengo una cama
tan grande para mi sola –. Dije arropándome hasta las orejas y cerrando los
ojos.
— Ah, ¿no? – pregunta él mirándome desde arriba con una
sonrisa –. ¿Eso quiere decir que no te gusta dormir conmigo, señorita Cooper? –
dice mientras se vuelve a colocar encima de mí y noto como mi cuerpo se vuelve
a encender a pesar de que el gordo edredón separa nuestros cuerpos –. Respóndeme
para llamar a la siguiente de mi lista que no tenga problemas en dormir conmigo
–. Dice burlón mientras me da un golpe en la punta de la nariz.
— Idiota –. Le digo mientras le
saco la lengua a sus palabras –. Esta semana, Darla – una niña de cinco años
del centro – tuvo pesadillas y me pidió que durmiera con ella –. Le explico
algo preocupada por las pesadillas de la niña. Darla viene de una familia donde
los malos tratos estaban a la orden del día, pero cuando perdió a su madre a
manos de su padre, Laura y Tom no dudaron en acogerla en nuestra pequeña
familia. El centro contaba con quince niños en total, pero habían sido muchos,
yo incluida, los que habíamos pasado por aquellas paredes –. Darla corrió la
voz de que la hacía compañía, entonces Bethany y Jimmy – de siete y nueve años
respectivamente – también quisieron dormir conmigo por lo que llevo toda la
semana durmiendo con tres niños que se mueven como culebrillas cuando duermen –.
Sé que, aunque antes me he quejado de la falta de una cama para mí, no hubiese
podido negarme a aquellos críos. Yo había pasado por las mimas situaciones que
muchas veces veía en aquellos niños en el centro y sabía lo mal que podías
sentirte cuando te negaban aquel cariño que tu pedias a gritos.
— No me extraña que todos esos
niños estén enamorados de ti –, susurra Axel con ternura antes de besar
delicadamente mis labios –, Te concedo unos minutos de gloria en mi cama
mientras preparo el desayuno – dice mientras se incorpora para bajar al piso de
debajo de su dúplex.
— Que generoso –. Le digo riéndome
a la vez que él sale de la habitación no sin antes darme otro beso en los
labios.
Una
vez sola no puedo evitar sonreír como una boba mientras pienso en nosotros, en
lo mucho que tuvimos que superar para llegar a donde estamos. Sé que hay cosas
que él todavía no ha querido contarme, aunque yo le haya abierto mi alma y
corazón, pero aun así confió en que alguna vez lo haga, en que alguna vez
supere todo aquello que le atormenta y nos permita avanzar.
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