Odiaba
Londres. Lo odiaba desde que había llegado aquí, desde que me bajé del avión.
Odiaba su cielo permanentemente nublado, sus temperaturas por debajo de la media
que tenía California. Odiaba que el sol no me diese en la cara cuando salía de
casa. Odiaba este lugar, este país.
Aquí
la gente era más recta, más estirada mientras que en California era todo lo
contrario. Aquí no se respiraba aquella alegría que vagaba por las calles,
parecía que las calles no tenían vida y se asemejaba con mi falta de vitalidad.
Llevaba
un año viviendo en este país y todavía no me había acostumbrado a la humedad y
a salir casi siempre con el paraguas en la mano. A que en los días que hacía
calor seguía teniendo que salir con una puta chaqueta porque el tiempo era
traicionero. Odiaba que condujesen por la izquierda y eso que yo me dedicaba a
los coches, pero al menos en las carreras no había estos carriles.
De
pequeño siempre había soñado con viajar a Inglaterra, con meterme en una de
esas cabinas de teléfono tan características del país, del paisaje. Sin
embargo, ahora que las había visto, que había entrado en una de ellas como un
turista más el olor a orina y a desgracia me perseguía.
Y
lo que más odiaba de todo era tener que asistir a las fiestas, las putas
fiestas. No es que en California no tuviese que acudir, pero allí era
diferente. Allí siempre iba acompañado de mis amigos, de ella. Siempre ella.
Sin
embargo, en Londres estaba yo solo. Únicamente yo. Todo lo que conocía se había
quedado a miles de kilómetros de distancia. Había cruzado el charco dejando
todo atrás. Muchos dirían que estaba huyendo y era cierto, huía de ella. Pero a
la vez me moría de ganas de correr al aeropuerto cada vez que me despertaba y
coger el primer avión que me llevase a su lado, con ella.
Mi
relaciones públicas, o manager como se hacía llamar él y acabó llamándole todo
el mundo, se había empeñado en que asistir a aquellas fiestas benéficas donde
los ricachones donaban dinero para que les veneraran. Yo no era así. Donaba
dinero a muchas de las ONG´s que había, pero prefería hacerlo manteniendo el
anonimato. Y así había sido desde que había empezado a ganar el suficiente
dinero siendo uno de los mejores corredores de la NASCAR, y no lo decía yo sino
los medios de comunicación.
Sin
embargo, Phil, mi manager, desde que me había trasladado a vivir a Londres me
había obligado a asistir a todas y cada una de ellas. Decía que así limpiaría
la imagen que el mundo sensacionalista tenía de mí. Al parecer era el chico
malo de la NASCAR, el mujeriego, el fiestero. Nunca supe de donde se habían
sacado todas aquellas cosas, incluso me habían llegado rumores de que tomaba
drogas, cosa que no era cierto.
Al
final, todos aquellos cotilleos que la gente iba difundiendo de boca en boca
habían hecho mella en los patrocinadores poniendo un ultimátum sobre la
supuesta imagen que tenía. A mí todo eso me daba igual, me daba lo mismo como
me viese el mundo, la única persona que me había importado su opinión había
sido ella, y ella sabía quién era.
Sin
embargo, sabía que los patrocinadores eran importantes cuando te dedicas a un
negocio como este. Daba igual si tus patrocinadores te obligaban a llevar un
traje rosa chicle o un cartel de desatranques Manolo en la espalda, todo eso
suponía dinero. Dinero para un mejor coche, para un mejor equipo, para unos
mejores mecánicos que hicieran de tu coche el más veloz.
Así
que por todo me encontraba en aquella gala benéfica para un centro de acogida
para niños. Había donado una buena suma de dinero, los niños eran mi debilidad,
siempre lo habían sido. No me importaba donar todo aquel dinero si con eso
aquellos niños iban a poder tener todo lo que mis padres me habían dado a mí.
Por
lo que Phil me había contado, se trataba de una casa de acogida que llevaba un
matrimonio desde hacía muchos años. De allí habían salido muchos niños, y todos
ellos habían podido acudir a la universidad gracias a todo aquel dinero que
recaudaban en las galas.
Se
celebraba en uno de los hoteles más caros de todo Londres. La sala estaba llena
de gente vestida con alta costura, con esmóquines de los caros. El dinero se olía
a distancia y la arrogancia se palpaba en el ambiente. Todos aquellos estirados
se miraban unos a otros por encima del hombro. Me hacía gracia observar a todos
y cada uno de ellos, la alta sociedad de Londres, los más adinerados.
A
pesar del aburrimiento que me iba a suponer estar allí, no podía marcharme.
Phil me había hecho prometer que me quedaría allí el tiempo suficiente para que
la gente me viese y se empezasen a disipar de una vez todos aquellos rumores
que salían en la prensa rosa. Llevaba diez galas benéficas en lo que llevaba de
año y todavía los rumores seguían danzando a sus anchas de una revista a otra.
— Deberías relacionarte un poco,
muchacho –. Me dijo Phil que se encontraba a mi lado.
A
pesar de que no era necesario que el acudiese a estas galas, ya que yo era la
imagen de nuestro equipo, siempre me acompañaba. Era una de las pocas personas
que conocían la verdad de porque hacía un año había cogido el móvil y la
cartera y había subido a un avión de doce horas a la otra punta del charco. A
un país desconocido, en el que solo había estado para alguna que otra carrera.
— No tengo nada que hablar con
ellos –, murmuré yo echando un vistazo a la sala. Las mujeres, aunque iban
agarradas de sus parejas, me echaban miradas como si quisieran comerme con los
ojos.
— Sería bueno para tu imagen –. Me
animó él en vano.
Para
mí era más que suficiente tener que acudir a aquellas galas, no quería hablar
con nadie, no quería que nadie me hablase. Siempre había sido una persona poco
habladora, pero desde hacía un año lo era aún más.
— ¿Un poco de champan? – dijo una
mujer plantándose delante de nosotros con una bandeja llena de copas.
Al
mirarla pensé que sería una de las camareras que pululaban por el lugar. Sin
embargo, al echarle un ojo de arriba abajo me desconcertó que llevase un
vestido rojo y no uno de esos uniformes que llevaban los demás.
— Gracias –, dijo Phil sonriéndola
mientras cogía una de las copas.
Ella
se me quedó mirando esperando a que aceptase una de las copas que servía. Pero
yo me había quedado mudo intentando buscar una explicación a por qué aquella
chica, que me ofrecía una copa como si fuese una más del equipo del catering,
me daba la sensación de que no encajaba allí. Era como si todo lo que hubiese
en la sala no fuese con ella, como si no le importase que la gente la mirara
por llevar un vestido que no debía legar a las cien libras.
— ¿No deberías llevar uniforme? –
le espeté cabreado.
No
sabía porque me enfadaba que siguiese ahí plantada esperando, esperando a qué.
A pesar del tono con el que la había hablado ella no se inmutó, sino que su
sonrisa se agrandó a un más mientras cogía ella también una de las copas y le
daba un sorbo.
Fue
un movimiento sencillo y delicado, pero que hicieron que sintiese un tirón en
los pantalones, algo que desde hacía un año no me ocurría.
— ¿Y tú no deberías relacionarte
con los demás ricachones? – preguntó burlándose después de tragar el champan.
Lo
que hizo que toda mi atención se fijase en la delicadeza de su garganta.
Tenía
la piel más blanca que jamás hubiese visto, con el pelo rubio cayéndole por la
espalda y los hombros como si no se hubiese molestado en peinarse aquella
noche.
— Lo mismo digo –, repliqué a la
vez que agarraba una de las copas para ver si se daba por aludida y se marchaba
de mi vista.
Mi humor está empezando a agriarse más de lo
que ya estaba y ni si quiera entendía el motivo que me hiciese sentir aquello.
Sin embargo, era la primera vez en un año que alguien me hacía sentir algo, a
pesar de que fuese malo.
— Si fuese una ricachona no
llevaría este vestido –, señaló deslizando la mano por su costado haciendo que
el tirón que antes había aparecido se incrementarse –. ¿No crees? – murmuró
dejando la mano caer y alzando sus iris azules como el océano hacia mí.
— Me sorprende que te hayan dejado
entrar con eso puesto –, le dije cabreado por las reacciones que mi cuerpo
estaba teniendo sin que yo lo quisiese, sin que yo se lo hubiese permitido.
Aquello
pensé que sería lo suficientemente brusco para que aquella rubia de ojos
saltones se alargase. Sin embargo, allí seguía plantada y sonriente. Antes de
que pudiese contestarme, una mujer de unos cincuenta años se acercó a nosotros
con una sonrisa.
— ¡Aquí estas, Liene! – dijo
dirigiéndose a la mujer de la bandeja llena de copas –. Te he estado buscando
por todas partes. Tienes que dar el discurso dentro de quince minutos.
— ¿Discurso? – preguntó Phil dando
señales de que seguía allí.
Me había olvidado de él desde que había
comenzado a hablar con la rubia del vestido rojo.
— Oh, perdona –. Dijo la mujer
poniéndose colorada al ver que había interrumpido nuestra charla –. Soy Laura
Moore, la directora del Centro Sunshine –. Añadió alargando su mano para que
Phil se la estrechase, cosa que él hizo encantada. La mujer a pesar de sus años
era atractiva –. Esta es Madeleine Cooper, mi ayudante –. Dijo señalando a la
rubia que tenía en frente.
La
susodicha se sonrojó al ser el centro de atención en aquel pequeño círculo que
los cuatro habíamos formado. Se notaba que la mujer la tenía un cariño especial
para ser únicamente su ayudante.
Observé
de nuevo a la rubia, que ahora sabía que se llamaba Madeleine o Liene como la
había llamado la señora Moore. Pude apreciar que aquella fachada de mujer
segura que intentaba exponernos a nosotros únicamente era fachada, en sus ojos
se advertía el nerviosismo, la incomodidad de estar allí. Me cuestioné a mí
mismo si le resultaría incómodo estar allí con tanta gente como me pasaba a mí,
o si se trataba de otra cosa, pero aquello me mantuvo pendiente todo aquel
silencio que se propagó entre los cuatro.
Antes
de que ninguno de nosotros pudiese romper el silencio, uno de los trabajadores
del hotel donde nos encontrábamos se acercó a nosotros entregándole un teléfono
móvil a la jefa de la tal Madeleine.
— Es Tom –, informó la mayor a la
más joven mientras se apartaba para contestar la llamada.
— Así que… el Centro Sunshine –,
habló Phil llamando su atención. Vi como sus ojos chispeaban de alegría al oír
el nombre de aquel sitio, como si significase más de lo que los demás mortales
podíamos ver –. ¿A qué vais a dedicar los donativos que se recauden?
Me
sentía celoso por la manera en la que aquella mujer había pasado de ignorarme,
parecía que yo no me encontraba allí, que como la señora Moore me había
apartado del grupo. Hablaban entre ellos, sin dejar que ningún otro si
inmiscuyese en la conversación que mantenían.
Sin
embargo, aquello me dio la oportunidad para contemplarla. Era guapa. Muy guapa.
Su pelo rubio de un dorado como el oro le llegaba hasta debajo de los turgentes
pechos que asomaban por el escote del vestido rojo que llevaba. Sus ojos eran
tan enormes que quizá en otra cara, en otro cuerpo que no fuese ella no
parecerían dos gotas caídas del cielo para atormentarme. La boca, pintada de
rojo, tenía forma de corazón con el labio superior más fino que el inferior.
Era una de esas bocas que en aquellos tiempos en los que mi cuerpo era capaz de
sentir hubiese muerto por besar, por probar, por beber. Pero ahora solo era
capaz de admirarla y echar de menos todo lo que dejé en California.
No
se parecían en nada. Si ella hubiese sido la que había aparecido como Madeleine
la escena sería muy diferente. Ella no me hubiese respondido de aquellas
formas, sino que me hubiese coqueteado dispuesta a conseguirme aquella noche, y
yo, yo me hubiese dejado conseguir. Porque ella era mi debilidad. Siempre ella.
— Cariño –, la llamó la señora
Moore cuando terminó de hablar por teléfono –. Tengo que marcharme, Malcolm
está con fiebre. No voy a poder quedarme al discurso.
— ¿Quieres que vaya? – le preguntó Madeleine
casi deseando que aquella mujer le dijese que sí. Aquello confirmó la sospecha
que tenía sobre que tanto ella como yo hubiésemos preferido estar en cualquier
parte menos en aquel hotel, menos en aquella sala.
— Tienes que dar el discurso,
cariño –. Dijo ella negando con la cabeza mientras la agarraba cariñosamente
del brazo –. Sabes cómo es esta gente, no podemos pedir su dinero sin que se
diviertan un poco a nuestra costa.
Y
con aquella frase la mujer se marchó dejándonos de nuevo a los tres sumidos en
el silencio. Madeleine que todavía seguía llevando la bandeja con las copas de
champan, cogió otra que se bebió de golpe.
— Así que nos tenéis que divertir
–, dije yo –. Espero que sepas hacerlo bien.
— Descuida –, añadió ella
guiñándome un ojo antes de dar media vuelta y mezclarse con las demás personas
que estaban en la fiesta.
No
pude evitar observarla hasta que la perdí entre la marabunta de gente. Sus
curvas eran una perdición, una de esas que si no coges bien puedes acabar
estrellando el coche, y yo sabía mucho de aquello. Pero aquella figura que
dibuja el vestido de menos de cien libras que llevaba intuía que no la hacía
justicia.
Y
por primera vez después de un año en Londres, me empezó a gustar el color rojo
de las cabinas de teléfono.
Muy chulo! Me ha encantado 😍 Sigue escribiendo Julia! 💪
ResponderEliminar